Por Miguel Fernández
Martínez
A pesar de la guerra y el frío, Damasco
amaneció este 14 de febrero engalanada con sus mejores colores, como anfitriona
perfecta de parejas entrelazadas, estrechones amistosos de manos y sobre todo,
exhibiendo la sonrisa de la esperanza.
Este Día del Amor y la Amistad, ni los misiles o
los morteros pudieron robar la felicidad de los damasquinos, que abarrotaron
plazas, mercados y mezquitas para convertir en alegría el festejo de todos.
Miles de personas desandaban desde temprano
por la ciudad, abarrotando el zoco de Al Hamidiyah, el mercado popular más
grande de esta milenaria urbe; o en las angostas callejuelas del barrio
cristiano, o en las céntricas plazas donde el mercadeo se pierde al infinito.
